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martes, 16 de diciembre de 2014

El reencuentro

Lo iré subiendo poco a poco, que tengo tanto relato a medias que esto es un sin vivir y es muy probable que no pueda acabar este hoy.



… y aquí me encuentro, autoengañándome, diciéndome cada vez que tengo dudas de lo que siento que aún no te he encontrado, que te tengo que seguir buscando.
Entre aplausos falsos todo es fácil, sonríes sin tener ganas, vuelas sin tener alas. En los buenos momentos todo es eso, aplausos y volar, sabes que nadie te va a dejar caer, sabes que a nadie le interesa que caigas, ya que llevas un avión lleno de pasajeros que no han pagado su pasaje y que sólo se aprovechan de tus dotes como piloto.
Quizá eso es la vida, sonreír ante los aplausos y olvidar mientras hacen sonar sus palmas que la realidad es que son gente interesada que te necesita y a los que les importas una mierda. A veces me gusta complicarme, a veces me gusta complicarte.

Complicado es este relato, porque mientras escribo estas líneas me debato entre escribir sobre la mujer de mi vida, sobre mi mujer del pasado o sobre mi mujer del momento. Toda opción tiene sus pegas.
A la mujer de mi vida ya le he dedicado muchos relatos y no quiero que llore más leyéndome, por mucho que me aporte, llorar si no es de risa jamás será algo positivo.
Escribir sobre mi mujer del pasado es peligroso, muy peligroso... Y aunque me guste el peligro hay que saber cuándo ese peligro puede hacer daño a alguien que no eres tú.
Mi mujer del momento es la única que con seguridad no va a leerme, pero creo que voy a escribir bastante sobre ella y hasta yo necesito un pequeño descanso de su larga melena rubia.

Podría evitar cualquiera de estas opciones escribiendo sobre alguna de esas mujeres a las que gano con mi labia y que ellas me ganan con sus orgasmos, pero de ellas puedo escribir en cualquier momento.


Adivinad vosotros de quién se trata.


Seguíamos hablando, de algún modo no eramos capaces de alejarnos totalmente, no éramos capaces de olvidar lo que una vez tuvimos. Yo me sentía culpable, siempre me he sentido en deuda con ella, y esa deuda es mental, es afectiva, es de esas que no se te pueden borrar jamás. No la traté como me hubiese gustado tratarla, aún no sabía cómo llevar una relación y pese a no haberle sido jamás infiel, alguna vez hubiera preferido que ese hubiera sido mi gran error.
Las discusiones eran constantes, su carácter y el mío chocaban como rompen las olas contra las rocas, con la diferencia de que aquí ambos éramos la roca, inerte ante cualquier sacudida del mar.

Su inteligencia siempre me tendrá enamorado, es difícil encontrar una mujer que ejercite su mente tanto como ella, que no se deje llevar por el contoneo de sus caderas y olvide que lo que realmente enamora es lo que tenemos dentro de la cabeza, no en el interior del escote.

Quería verme y yo huía de ello, no sé si era por miedo o simplemente por la excusa que siempre me pongo para no ser amigo de una ex. ¿Cuál es? Que soy incapaz de bajar un escalón y ser amigo de una mujer de la que he sido mucho más que eso, es como ser titular indiscutible del mejor equipo de fútbol y de repente verte relegado al banquillo para siempre, horrible.
Me sentía bien, quizá era el momento para volverla a ver, para volver a ver sus preciosos ojos verdes y volver a oler esa crema de vainilla que esperaba aún usara.

En la Final de la Champions en Lisboa me rompí la mano, y no pasaría más allá de lo anecdótico si no fuera porque gracias a eso me había dado cuenta de que no sentía dolor, o que como mínimo tenía la sensación de dolor muy alta, cosa que no sabía hasta que no me la rompí y el médico quedase asombrado de que no me doliera.
¿Por qué os cuento esto? Porque fue entonces cuando me paré a pensar que quizá también podría ser fuerte ante el dolor mental, ese que nos mata por dentro y para el que no hay ningún calmante, ese que hace que se nos revuelvan las tripas cuando no estamos en nuestro mejor momento, ese que nos hace mucho más fuertes cuando salimos de él.
Y es que para poder ser fuertes, primero hay que sentir dolor.


Dolor aparte, os hablaré de ella, os hablaré de cómo accedí a volver a vernos y en cómo fue ella la que vino a verme. La verdad es que me merezco lo mal que lo pasé con mi anterior pareja, porque hasta el último momento he tenido la gran suerte de que todas las mujeres que he amado han dado todo por mí, han apostado todo lo que tenían e incluso lo que no tenían y mi mujer del pasado seguía haciéndolo.


Es complicado, muy complicado, llegar hasta el punto de cómo nos vimos y dónde fue, os lo resumiré en que vino a verme en coche para ir a cenar a Cáceres, donde supuestamente iba ella.



Ansioso esperaba en el portal, esperando a que un coche con una castaña de ojos verdes cruzara la calle y se parase enfrente de mí. Hacía cuatro años que no la veía y tenía una sensación muy extraña recorriéndome el cuerpo, notaba cómo mi corazón quería salirse de mi pecho y cómo mi boca ayudaba a mis pulmones a llenarse de aire de la ansiedad que tenia.
Por suerte para ambos el día era perfecto, pese a estar en un mes en el que el sol debería haber pasado de largo, aún hacía calor, el tiempo estaba loco, aún así ya era prácticamente de noche.

Por fin un coche con una morena cruzó y paró al otro lado de la calle, yo crucé la carretera para dar la vuelta al coche y entrar por la puerta del copiloto, pero ella salió del coche y se interpuso para darme un abrazo. Sonará a tópico, pero el tiempo se paró por un momento para mí, noté otra vez su cuerpo y a cada segundo que pasaba nos abrazábamos con más fuerza.

Llevaba una camisa de cuadros rojos que tapaba una camiseta básica blanca que enseñaba un muy buen escote y ambas iban acompañadas de unos vaqueros muy apretados que marcaban sus larguísimas piernas, para colmo llevaba unas New Balance.
La hija de puta estaba buenísima o yo ya no me acordaba de cómo era, lo gracioso es que su 'look' me recordaba al que yo a veces forzaba a mi última ex a llevar, con la diferencia de que su camisa era de estilo militar.

Aún agarrándola de la cintura me quedé mirándola de arriba abajo.

- No recordaba que estuvieras tan buena, ¿qué te has tomado? Le dije.
- Empezamos fuertes, ¿eh? Me dijo riéndose.
- El sol de Málaga te ha sentado genial, le dije mientras entrábamos al coche.
- Tú estás más fuerte, ¿te has tomado en serio el gimnasio?
- No voy desde mayo, estoy hecho un tirillas, le dije mientras hacía pucheros.
- Yo ya te conocí de tirillas y me gustabas así, me respondió.
- ¿Te gustaba? Pregunté arqueando la ceja y mirándole mientras le hacía burla.
- Para ya, que acabo de verte. ¿No decías que habías cambiado?
- Me voy recuperando, le dije mientras ambos nos reíamos.



viernes, 10 de octubre de 2014

¿Ahora con quién me voy yo a París?


¿Y ahora con quién me voy yo a París?
¿Con quién me hago fotos frente a la Torre Eiffel?
¿A quién le digo que confíe en mí y no en su vértigo para subir a lo más alto de ella?
¿Con quién voy a pagar 15€ por dos Coca-Cola en alguna terraza de los Campos Elíseos?
¿Con quién criticaré el modo por el que los coches circulan por el Arco del Triunfo?
¿Con quién perderé el tiempo entre unas sábanas de seda mientras vemos París por la ventana?
¿Y con quién iré a Estambul?
¿Con quién me haré fotos delante de Santa Sofía?
¿Y a Nueva York en pleno diciembre?
¿A quién abrazaré mientras va con gorro y bufanda, con los mofletes rojos por el frío mientras avanzamos por la Quinta Avenida?
¿A quién coño llamaré 'mofletes gordos'? Bueno vale, puede que este punto lo suprima.
¿A quién me follaré cada mes en una ciudad diferente? ¿O tendré que follarme a una diferente cada vez que vaya a un nuevo país?

Aunque así es fácil, ahora es fácil.

El amor no lo es, el amor es saltarte todas las trabas que el resto te pone, el amor es luchar cuando todo sale mal, el amor es mirar a los ojos a esa persona y que eso sea suficiente.
El amor es que haya silencios, pero que ninguno sea incómodo.
El amor también es tener un baldosín de los abrazos, donde aunque discutáis si uno se pone sobre él tengas que darle un abrazo.
El amor es no caer en la monotonía.
El amor es vernos llorar.
El amor es poneros motes que jamás se os ocurriría contar a nadie.
El amor es que el otro sepa de tus taras y de tus mil y un fallos.
El amor es contaros cosas que jamás le habéis contado a nadie.
El amor es abrazar al otro en un ataque de ansiedad provocado por algún (…)
El amor es quitarle al otro la manta mientras duermes, que de madrugada te despiertes por el frío y seas tú quien ahora se la quita a ella.
El amor es conocer a toda su familia, aunque creas que es demasiado pronto y siempre hayas huido de ese tipo de formalismos.
El amor es que seas imperfecta, pero perfecta para mí.
El amor es olvidarme de las fechas importantes, incluido tu cumpleaños.
El amor es colmarme de paciencia para lograr enseñarte a patinar.
El amor es esbozar una sonrisa al ver lo pava que eres en los deportes.
El amor es morderme la lengua frente a los hijos de puta que nos rodean.
El amor es mover las manos detrás tuyas y provocarte un susto que te haga gritar.
El amor es follar en la cocina mientras tus suegros ven el telediario en el salón.
El amor es tirarte un vaso de agua a la cara el segundo día que te veía y que tú me tires la jarra entera.
El amor es que me ayudaras a reconciliarme con alguien que después demostró entenderme mejor que nadie.
El amor es masturbarte mientras conduces fuera de Madrid.
El amor es masturbarte en la sala de espera de una empresa de alquiler de coches que al final no nos alquiló nada.
El amor es que cada chica que conozco me diga que tenemos que volver.
El amor es que la imagen de nuestra última despedida en Atocha no se vaya nunca de nuestras mentes.



Pero el amor también es volverte gilipollas.
El amor también es entrar en el Facebook del otro porque no te fías de ella.
El amor también es morirte de celos cuando ves una foto con alguien que ya no eres tú.
El amor también es tener miedo de volver a expresar tus sentimientos.
El amor también es tratar de engañar al otro, sabiendo que eso es imposible para nosotros.
El amor también es que te busque en mil camas y que no aparezcas en ninguna.
El amor también es que sigas en Twitter a la chica con la que más hablo y que después digas que ha sido una casualidad.
El amor también es tenernos rencor..
El amor también es que tus amigos te manipularan para dejarme
El amor también es no encontrar fallos en tu pareja y pensar que los demás sí te los pueden dar.
El amor también es hacer grandes los fallos que jamás lo fueron tanto.
El amor también es que hubieras creído más en mi potencial.
El amor también es que yo hubiera confiado más en ti.
El amor también es no lograr fiarme ya de tus amistades.
El amor también es que me hubiera tragado mi orgullo para volverte a dejar pasar.



El amor es una mierda.

Ahora todo es demasiado fácil, quién no estuvo en las malas, aún no sé si se merece estar en las buenas, seguiré debatiéndolo con la almohada. Almohada que tú abrazabas pensando que me abrazabas a mí cuando estaba a casi mil kilómetros de ti

Pero lo que realmente importa: ¿Y ahora con quién me voy yo a París?


(…)

Como siga escribiendo estas entradas al final voy a salir a la calle mientras me caen pétalos de rosas. Con suerte se me pega algo y soy algo más ñoño en persona, que falta me hace.



--Hero

lunes, 29 de septiembre de 2014

Madrid, hoy tengo miedo de ti

Madrid, hoy tengo miedo de ti.

De tus noches sin dormir y de tus días en cama de otra.
De tu gente que llena Callao y que pese a eso sienta que nadie me aporta nada.
De escuchar las risas de otros por la Gran Vía y de no escuchar las que pensé que me tenías preparadas.
De no volver a tener una canción a medias con alguien y de bailar tu música aunque no pueda sentir nada.
De volver a correr tras unos leggings en El Retiro antes que montar con alguien en sus barcas.
De volver a vivir tus noches de locuras si después no hay alguien que me permita darle abrazos sin pedirme nada.
De tus sábado noche en Malasaña y tus domingos en El Rastro.
De tus calles llenas de pijas con falda de cuadros y jersey azul.
De volver a sentir lo despacio que pasa el tiempo mientras espero a una chica de ojos verdes en el caballo de Sol.
De tus bienvenidas en forma de polvo, aunque sólo haya desaparecido un par de horas.
De volver a ti como si no hubiera pasado el tiempo y como si estos dos años no hubieran importado nada.
De tu olor a Navidad y de tus puestos de castañas.
De vivirte mil y una noches, pero no ser capaz de disfrutarte ni un único día.
De ir a tus teatros y sentir que no es sólo ahí donde todo el mundo actúa.
De saber cómo suena tu reloj a las doce de la noche, pero no a las doce del mediodía.
De volver a subir a más de la planta 20 de un hotel y hacerlo como si no pasase nada.
De las malagueñas que adoptas de ojos verdes.
De las que recorren tus calles con minifalda, pero también de las que llevan gorro y bufanda.
...

De lo que no tengo miedo, Madrid, es de tus caminatas hacia ninguna parte, de tus paseos hacia ningún lugar, de lo que le haces sentir a cada uno que te pisa tus calles, de las mil y pico opciones que nos das, de que quien no encuentra el amor se puede perfectamente conformar contigo.




Pero sobretodo, 
Madrid, 
no tengo miedo de ti, 
tengo miedo de mí contigo.




--Hero

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Putas locas

Viendo cómo está el tema de malinterpretar las cosas por un momento he pensado si poner este título, pero... ¿Qué cojones?

Adelante.


Estaba como una puta cabra, pero eso era lo que tanto me llamaba. Estaba buena, de esas que quitan el hipo, de esas que con su imagen y su dulzura tapaban cualquier defecto, incluso los de otro. De esas que creen en lo que sienten y no en lo que ven, de las que destacan por todo aunque no las veas brillar en nada. Era de las que lo tenía todo y se conformaba con tenerme a mí, aunque eso implicara no tener nada. A veces pensaba que no era real, porque nadie había logrado entenderla, a veces pensaba que era producto de mi imaginación, porque sólo conmigo conectaba. Era de esas a las que no necesitaba follarme en la cristalera de una planta 20 con Madrid a nuestros pies para saber que ambos estábamos por encima del resto cuando estábamos juntos. No era un modelo rubia de acento ruso con dinero para comprar cualquier cosa menos sentimientos, pero era mi modelo y con eso me sobraba. Era de las de cuerpo perfecto, pechos apetecibles y curvas en las que perderse, pero también era de las que jamás pensará que tiene todo eso. Era de las que odian a los chulos, de las que para despejarse se van a la playa a escuchar las olas. Era de esas chicas que no han disfrutado la vida y que justo cuando iba a empezar a disfrutarla, me conoció a mí. De esas de las que no les paran de machacar y que aunque siempre pensara que era frágil, en realidad era la chica más dura que he conocido jamás. De esas que siempre han estado rotas y que no se pegarán jamás, de esas que viven rotas para poder ayudar a los demás. De esas pocas chicas que para divertirse no necesitan emborracharse, aunque lo haga para sentirse igual que el resto. De las que su única droga era yo, aunque eso implicara no poder tomar ninguna otra. Era de esas chicas con las que todo hombre pasaría el resto de su vida, con las que todos soñamos para formar una familia.
Pero tenía un fallo, ser especial le hizo ver que estaba destacando y decidió apagarse, para que nadie más la volviera a ver brillar.
Por eso sé que siempre será mía, porque esa chica desapareció para siempre a la vez que me apartó de su brillo.

Muchas veces no nos damos cuenta de que un trébol roto de dos hojas no es menos que uno de tres, sólo necesita encontrar a uno que también tenga dos hojas para juntos formar uno de cuatro, uno de esos que supuestamente atraen a la buena suerte.
Lo que olvidamos es que cuando nos separamos de ese otro trébol, volvemos a ser de dos hojas, volvemos a estar rotos.


No he olvidado, tengo demasiada buena memoria como para olvidarme de posiblemente mejor época de mi vida, porque aunque no fuese la mejor en el tema personal, el trebol de cuatro hojas hacía que todo fluyese como si así lo fuera.
No quiero olvidar, me he dado cuenta que no es necesario, basta con restar importancia, con darte cuenta de que nada, ni nadie es tan importante. ¿Y sabéis qué? Es la mejor sensación que un hombre como yo en este momento de mi vida puedo tener.
Estoy enamorado de alguien que ya no existe, y no es que quiera auto engañarme pensando que ese alguien ha cambiado porque así me es más fácil afrontar que ya no está conmigo. Ese alguien ya no existe y lo sé porque todo ha pasado tal y como yo sabía que iba a pasar. Sé el porqué de su última llamada, sé porqué la colgué, incluso sé qué tweet leyó. Si lo sé todo debería meterme a futurólogo, ¿verdad? Lo que también sé es que he perdido a esa persona en la que se ha convertido y lo peor de todo es que me da igual, porque sigo enamorado hasta la(s) tranca(s) de su otro yo, ese que se perdió en forma de coche rojo, de amigos de pega y de una familia que busca en ella lo que ellos jamás pudieron y podrán tener.

Ahora me diréis, ¿y qué coño me estás contando de que te encanta esa sensación de estar enamorado de alguien que ya ni siquiera existe para ti?
Ya viví algo parecido, estar enamorado de alguien que sabes que jamás en la vida vas a poder tener a tu lado, no tienes que esforzarte, no tienes cargo de conciencia por intentar hablar con ella porque no existe, pero tiene las ventajas que te da estar enamorado de alguien. ¿Sabéis cuáles son? Indiferencia, pasotismo, motivación.

Ahora todo me da igual, no tengo cariño por ninguna chica, no soy capaz de echar de menos a nadie, no pueden hacerme daño, ni siquiera pueden conocerme tanto como lo hizo ella y creedme que conseguir vivir así en una ciudad como Madrid con tantísimo tiempo libre es convertirte en lo más cercano a lo que el hombre conoce como un dios. Suena creíble, ¿verdad? Para colmo tengo una motivación constante de mejorar en todos los ámbitos de mi vida y por desgracia lo estoy consiguiendo, estoy consiguiendo todo lo que me propongo y eso me hace pensar que todo esto es demasiado fácil, eso me hace buscar fallos.
Todo tiene pegas y este cúmulo de “nuevas virtudes” que he adquirido hace que penséis que soy un gilipollas prepotente que va de listo, seguramente sea verdad, por suerte para mí os dais cuenta de ello después de echarme un polvo y os quito esa idea de la cabeza después de volver a quedar para echarme otro.
Al final todo se resume en sexo, ¿verdad? Supongo que es mejor que penséis eso, porque la mayoría de veces es así, he tenido épocas en las que follaba para poder pedir cariño, incluso épocas en las que daba cariño para poder follar. Ahora ni siquiera sé si quiero follar, pero me divierto más escuchando los gemidos de una mujer que agarrándomela yo mismo, llamadme loco.

No os voy a engañar, me aburre ya contar a quién me follo, pero necesitaba escribir esto antes de que se pierda entre los nidos de los pájaros que tengo en mi cabeza. Y qué coño, para esto tengo un puto blog, ¿no?


De momento os vais a quedar con las ganas de leer cómo me follo a una alemana de poco más de metro sesenta y de tetas tan grandes como mi cabeza, pero prefiero follar en la vida real, o patinar. ¿Qué sé yo? Me hago tanto el interesante que ya no sé si digo la verdad o es otro cuento.


--Hero

domingo, 27 de abril de 2014

Helena di Napoli


En la vida si quieres que algo perdure en el tiempo, cuídalo y deja que el resto fluya.
¿Fluir? Muchas veces lo que importa no es que algo fluya, si no en dónde va a desembocar, pero… ¿Qué os voy a decir yo que os vendo la moto de una alta prosa y capacidad dialéctica cada vez que puedo?

Ahora os podría contar una bonita introducción en la que mi ego saldría presto como corcel desbocado hacia la zona en la que sólo se encuentran los dioses, pero como me encanta hacerme el interesante omitiré esta parte y tú y yo nos quedaremos sin ver a ese precioso caballo (blanco, por cierto).


Me aburre a la vez que me enfada contaros que era otra chica rubia, me abruma tener que repetir la palabra ‘otra’ en ‘otro’ relato, suena a una más, sin cualidad y calidad de especial. Es rubia, muy rubia, tiene los ojos verdes, es pseudo italiana, y la conocí en mi añorada Madrid. Pero antes de todo esto, dejad que os ponga en situación, dejad que os cuente cómo me decidí a actuar, o como mínimo, cómo me han ido empujando poco a poco a ello.

Una tras otra…

-¿Si con Jara te funcionó lo de follarte a una tras otra para olvidarla por qué no lo vuelves a repetir?
- Ahora eres ese chico que todas sabemos que es muy interesante, pero que ninguna tendría nada con él por lo perdido que te vemos.
- ¿A parte de ir tanto al gimnasio por qué no tratas de conocer a alguien para evadirte?
- Todo el mundo cambia, pero tú no lo has hecho, lo que pasa es que crees que si te acuestas con alguien jamás la recuperarás, déjalo estar.


Me abrieron los ojos, no era la primera persona que me decía que tenía que volver, ni la segunda, ni la décima… ¿Dónde había ido y para qué? Está muy bien tomarse tiempo con uno mismo, y quizá las soluciones que me han planteado en estos últimos meses matarían toda mente un poco moralista, pero… ¿Qué más da? No tengo que justificarme ante nada, creo que me había olvidado por completo de esa sensación.
No tengo a nadie esperando en casa para preguntarme qué he hecho, no tengo a alguien con quien justificarme, en resumen, no tengo a nadie.

Es hora de que os hable más sobre la protagonista de este relato, es hora de que os hable de la gran Helena di Napoli.
La ventaja de escribir este relato, es que ella no sabe que escribo, no sabe de la existencia de Hero Mermelada ni de todo lo que eso conlleva, quizá por eso todo haya salido tan bien, el sexo no tenía que superar a mi escritura.
La conocí hace más de 5 años en Madrid, y siendo todo lo objetivo que un sujeto me permite, podría decir que es la chica más mona con la que me he acostado, porque ese es el adjetivo que mejor le pega, es muy mona. Podría pasar por una chica Tumblr de esas por las que cualquier hombre se cortaría medio brazo con tal de sentir el roce de su piel.
Rubia, arito en la nariz, alta, me promete unas vacaciones… ¿Cómo iba a decir que no? Bueno, en realidad ya le había dicho que no, pero tanta gente insistiendo a mi alrededor para que volviese mi pasado, para que volviese Hero, al final tuve que lanzarme. (Habéis creado un monstruo, que lo sepáis).
Critiqué mucho a mi ex por ser tan manipulable, por hacer caso a los demás, quizá tendría que aprender algo de ella y prestar más atención  a los que hay a mi alrededor, supongo que alguna vez sí que ayudan, ¿no?


Llevábamos unos días con un tiempo perfecto de sol y calor, cruzaba los dedos para que se mantuviese durante unos días más, sólo que a unos 2.000 km de donde yo me encontraba actualmente.
Curiosamente iba a ver a Helena, y digo curiosamente porque su nombre significa “luz en la oscuridad”. Eso era lo que necesitaba, algo de luz en esta época tan oscura en mi vida.
Pensé que en el día del viaje estaría nervioso, pero estaba extrañamente tranquilo y sereno, como si todo me diese igual, como si no me importase lo que pudiera pasar. El trayecto en avión se me hizo largo, supongo que el hecho de quedarme sin Internet en el móvil ayudaba a que el aburrimiento y la impaciencia se empezasen a manifestar y a latir en mí.
Aproveché el viaje para pensar, eso que hacemos los hombres a veces, y sólo a veces. Quizá por eso no damos tantos problemas, pero cuando los damos, los damos de verdad. ¿Qué esperaba realmente con esta visita? Supongo que ni yo mismo lo sabía, simplemente me estaba dejando llevar por alguien que conocí hace unos años y me demostró virtudes que se encuentran en pocas personas, y si encima está más buena que antes, mejor aún, que para algo pienso con el pene.


Llegué.
Hacía un tiempo estupendo, el sol brillaba en lo más alto y no había rastro de ninguna nube, el día sería nuestro.
Tras quince largos minutos esperando mi única maleta, por fin salí por la puerta y mis ojos se pusieron a buscarla por toda la sala, la vi y estaba rubia, muy rubia.
Llevaba unos shorts vaqueros lo suficientemente largos para taparle su apetecible culo, y lo suficientemente cortos para mostrar sus morenas y largas piernas, en la parte de arriba llevaba una camiseta de lo más normal, y el pelo recogido en una trenza que le caía sobre un pecho.

- Te recordaba más pija, le dije mientras me acercaba a ella.
- ¿Acabas de llegar y ya me estás criticando? Me dijo entre risas.
- ¿Qué tal Helena? Le dije mientras nos dábamos un abrazo y nos quedábamos a escasos centímetros el uno del otro.
- ¿Qué tal yo? ¡Qué tal tú bicho raro!
- ¿No me ves? Estoy perfecto.
- No has cambiado nada, dijo entre risas.
- Creo que es el mejor piropo en seis meses.
- Te lo hubiesen dicho antes si te juntases con la gente correcta.
- ¿Vamos? Le dije indicando que nos moviésemos ya de allí.
- ¡Vamos! ¿Dónde quieres ir primero?
- Soy todo tuyo, tú decides.
- ¡Qué presión! Vale, entonces comemos fuera y después llevamos tu maleta a casa, que vivo en el centro.
- ¡Qué bien se porta papi! Le dije mientras le guiñaba un ojo y le agarraba de la cintura mientras caminábamos juntos de camino a su coche.
- Soy su única hija, si no me quiere él, a ver qué hombre me va a querer.
- Pobre, que no la quieren, le dije mientras le puse morritos.
- ¡Capullo! Pues no, no me quieren, dijo entre risas.
- Los asustas, estás demasiado buena y tu acento canario los espanta.
- ¡Qué manía con mi acento canario! Eres el único que me dice eso. ¡Soy madrileña e italiana! Dijo mientras me pegaba golpes en el brazo.
- Yo diciéndote que estás buena y tú te quedas con lo del acento canario. ¡Bicho raro! Le dije mientras le sacaba la lengua.
- Porque eso sí que me lo dicen más a menudo, lo de mi acento no, me respondió sacándome la lengua y haciéndome burla.
- No me acordaba que tú eras de esas que tenía respuestas para todo, tendré que esforzarme más.
- Soy tú, pero con el pelo largo.
- Bueno, y con mejores piernas.
- Pero peor culo, ¿a quién te has comido?
- No quieras saberlo, le respondí guiñándole un ojo.
- Estás buenorro, muy buenorro.
- Calla, superficial.
- Es verdad, estás fuerte y todo.
- Claro, me he entrenado para poder levantarte.
- Demuéstralo, dijo mientras se paraba delante de mí para que la levantase.

Solté la maleta, le agarré de la cintura con ambas manos y la levanté, aprovechando ella para entrelazar sus piernas a mi cintura.
Nuestras miradas se cruzaron, nuestras bocas estaban a escasos centímetros la una de la otra, y pasó lo que tenía que pasar. Ambos nos fuimos acercando poco a poco, hasta que nuestros labios se juntaron y empezaron a jugar. Mi lengua entro en su boca, tímida, esperando notar el dulce tacto de la suya, y disfrutando su sabor a fresa de algún caramelo que se había comido antes.
No estuvimos mucho tiempo así, pero a mí se me hizo largo, aunque no en el mal sentido, me dio la sensación de que nos pasamos media hora comiéndonos la boca.

- Al menos no has cambiado en el tema de los besos, me dijo mientras se bajaba de mí y ponía ambas manos en mi pecho y me acariciaba con sus dedos.
- Porque en esto no puedo mejorar.
- Capullo, eso es lo que eres, un capullo.
- Me refiero a que no puedo mejorar, porque es imposible saborear una boca mejor que la tuya, le dije intentando contener la risa.
- Me quieres engañar y encima te descojonas, te odio.
- Si me odias no te beso más, le dije poniéndole morritos.
- ¡Pues no seas tan malo conmigo!
- ¡Pero si te encanta! Le dije mientras le agarraba de la cintura.
- Esto es rarísimo, me dijo en tono serio.
- ¿El qué?
- Esto, lo que hacemos, me dijo aún seria.
- ¿A qué te refieres? Pregunté extrañado.
- Pues a ver Hero, no nos hemos visto en más de tres o cuatro años, hemos hablado únicamente por WhatsApp, vienes aquí, y parece como si no hubiese pasado el tiempo, es raro.(obviamente ella no me llamaba así, pero aún es pronto para desvelar mi nombre)
- No critiques lo que es bueno.
- Critico lo que es peligroso.
- No empecemos, Helena.
- Lo intentaré, lo prometo, me dijo.
- Mira el día que hace, he venido a verte, vamos a pasar unos días juntos, disfrutemos de ello como siempre hemos hecho, nunca nos ha costado, déjate llevar.
- Nunca voy a entender cómo te dejó tu ex, me dijo.
- Déjalo estar, bastante hemos hablado ya de ello, yo no he sido tan listo como pensé que era.
- ¿Te gusta mi coche? Me dijo mientras señalaba un mini rojo.
- Lo que yo te diga, papi te quiere.
- Idiota, este me lo he comprado yo.
- No sé si entraremos todos en él.
- ¿Cómo? Preguntó extrañada.
- Tú, yo y mi ego.
- Tu ego déjamelo a mí, que siempre se me ha dado bien lidiar con él, me dijo.


El viaje en coche al centro transcurrió sin más, ella parecía más animada y yo intentaba hacerle reír constantemente, no quería que se rayase por cosas por las que nunca se había rayado, ella también se encontraba en una situación emocional algo rara, por lo que ambos éramos peligrosos el uno para el otro.
Las conversaciones con ella romperían los cimientos hasta del miembro más duro de la UIP, eran capaces de transpasarme hasta a mí.
Por fin llegamos, aparcamos y nos dirigimos al restaurante que había elegido, justo al lado del mar y con una vista por la que estoy seguro íbamos a pagar más tarde.
Al entrar por la terraza un camarero le dijo algo que no entendí, después otro nos indicó la que sería nuestra mesa.

- ¿Qué te ha dicho?
- Que hacemos muy buena pareja.
- Le has pagado para que lo diga, seguro.
- No, pero vengo aquí casi todos los días con mis compañeras de trabajo y eres el primer chico que traigo.
- Qué peligro tienes, Helenita.
- Si te he dicho que eres el primero que traigo, ¿qué peligro voy a tener?
- ¿Pedimos vino?
- ¿Ya quieres emborracharme?
- ¿Es necesario que lo haga?
- No.

Tras unos minutos llegó el camarero con un vino blanco elegido por ella.

- ¿Un brindis?
- Vale, ¡por nosotros!
- ¡Y por las personas que no son unas hijas de puta! Añadí.
- ¡… y por las personas que no son unas hijas de puta!

Ambos nos reímos mientras brindábamos.


- Aún la quieres, ¿verdad? Me preguntó seria.
- Me gustaría pensar que sí, porque cuando pienso que ya la he olvidado me da pena que todo lo bueno se olvide tan rápido.
- Eso no es una respuesta.
- No es como con Jara que la querré siempre, es distinto, no siento amor por ella ya.
- ¿Y qué sientes? Me preguntó expectante.
- Pues aunque te suene mal, sólo siento pena.
- Aún le guardas rencor, me dijo.
- El rencor es parte del odio, y el odio es un sentimiento. No le tengo indiferencia porque ha sido parte de mí, pero ya la he llorado todo lo que tenía que llorarla.
- ¿Metafóricamente? Preguntó extrañada.
- ¿Quieres que te diga que he llorado? ¡Qué soy muy macho, Helena! Le dije mientras me reía intentando cambiar de tema.
- Todos lloramos alguna vez, no es algo malo, me dijo.
- Tampoco es bueno, respondí.
- Puedes llorar de alegría.
- Estoy seguro de que la mayoría de nosotros aceptaría el trato de no llorar jamás, aunque eso implicase no volver a llorar de alegría…
- Yo no lo haría, me dijo casi sin darme tiempo a terminar mi frase.
- Porque tú eres una romántica de las que no quedan, que piensa que un buen momento quita uno malo.
- No creo que eso sea así, un buen momento lo es y punto, no se resta, ni se suma con los malos momentos.
- Se ha quedado buen día, ¿eh? Le dije guiñándole un ojo.
- Imbécil, dijo mientras se reía.
- ¿Por qué has venido? Me preguntó.
- Porque una rubia de cuerpo apetecible y de mente follable me ha comprado los billetes, le dije mientras le sonreía y le acariciaba la mano.
- Hablo en serio, después si quieres no te vuelvo a sacar ningún tema que te haga daño, pero respóndeme.
- No me hace daño ningún tema, no te preocupes… No sé, supongo que he venido porque ya estaba preparado para estar con alguien más.
- ¿Y por qué yo? No creo que te falten mujeres.
- Tampoco te faltan a ti hombres y prefieres pagarle el billete a un tío que hace años que no ves y que está en España con el corazón partío’, le dije mientras le hacía burla.
- Mis razones ya las sabes, pero yo las tuyas no, me dijo.
- He venido para tener unas vacaciones con alguien que es más inteligente que guapa, para follarte y hacerte recordar nuestras noches en Madrid entre orgasmos. He venido para volver a escuchar tus gritos y para volver a sentir esa sensación de quedarme sin palabras cuando tengo una conversación con alguien, he venido por tu cuerpo y por tu mente. ¿Te vale?
- No está mal, aunque antes lo hubieses hecho mejor, me dijo sacándome la lengua.
- Aún lo puedo mejorar, le dije mientras colocaba mi silla a su lado y me acercaba a besarla.

Coloqué mi mano en su cara y le empecé a besar lentamente, jugando con mi lengua y con mis labios, saboreando cada rincón de su boca.

- ¿Ves?
- ¿Aún te funciona esto?
- No lo sé, es la primera vez que lo hago en mucho tiempo, le dije.
- ¿Te funcionaba con ella?
- Ya basta, me puse serio.
- Era una pregunta sin más, me dijo restándole importancia.
- No veo necesario que me saques a mi ex mientras te estoy metiendo la lengua, porque como lo hagas mientras te estoy follando te juro que te mato.
- Mira el lado bueno, quizá así duras más y todo.
- Seguro, dije forzando la risa para terminar la conversación.


El resto de la comida pasó sin más, nos comimos la pizza y fuimos al coche, ya directos a su casa.
Hacía años ya había estado en Nápoles, en una visita guiada por todo Italia en la que el destino principal era Pompeya. No guardo un buen recuerdo de aquel Nápoles, dio la casualidad de que estaban en huelga de basuras y no era muy agradable caminar por aquella ciudad infectada de mierda, pero mi percepción de Nápoles iba a cambiar.


- Hace mucho que no follo, me dijo mientras subíamos las escaleras para entrar en su casa.
- Eso nunca se olvida, es como montar en bici, o eso dicen.
- Créeme que a mí me ha dado tiempo para que se me olvide.
- Tenemos unos días para recordarlo, no te preocupes.
- Te tengo muchas ganas, me dijo.
- Y yo a ti.
- Te lo digo de verdad, estoy mojada desde el aeropuerto.
- Deja de intentar ponerme cachondo, le dije mientras me contenía por lanzarme a su boca.


Por fin abrió la puerta de su apartamento y el interior no me defraudó, era tal y como me esperaba.

- ¿Te gusta?
- Me gustas más tú, le dije.

Se rió.

- Deberías soltarte el pelo, le dije.
- Pensé que te gustaría la coleta.
- Para.
- ¿Qué he hecho? Preguntó.
- Estás volviendo a la Helena complaciente, tendrías que haber dicho que te apetecía una coleta hoy y ya está.
- Contigo bajo mis defensas, me dijo.
- ¿Y también te bajas los shorts? Le pregunté mientras me acercaba a ella y le agarraba de la cintura.
- No, eso me los tienes que bajar tú, respondió mientras se mordía y lamía el labio.

Quedamos nuestras miradas fijas en el otro por varios segundos, como recordando la de noches que habíamos pasado juntos en la capital, lo que usamos nuestros cuerpos y nuestras mentes en aquella época para placer del otro.
Fue ella la que se lanzó a mi boca y lo que antes eran besos tiernos y suaves ahora eran besos rápidos y calientes, con mordiscos de por medio.
Puse mis manos sobre su culo y se lo estrujé mientras no parábamos de comernos la boca. Yo iba empujándola poco a poco, hasta que di con su culo en una pared, entonces empecé a apretarme a ella poco a poco, ella abrió sus piernas y se subió a mí, mientras su lengua jugaba con la mía.

- Vamos a mi habitación, es esa, me dijo señalando la dirección.

La llevaba en brazos mientras nos besábamos, no pesaba nada, era una maravilla poder hacer eso con una mujer, supongo que el gimnasio me ayudaba.
La tumbé sobre la cama y le quité las zapatillas, aprovechando que estaba ahí abajo empecé a mordisquearle los tobillos, mientras mi boca subía por sus largas piernas.

- Cómemelo, me dijo.
- ¡Qué directa! ¿No quieres be…?
- Estoy muy cachonda, fóllame ya, me dijo sin dejarme terminar la frase.

Le desabroché los shorts y se los quité a tirones, mientras ella se quitaba la parte de arriba y después de eso se quitaba el sujetador.
Aproveché para desnudarme y quedarme en bóxers, mientras ella me miraba mordiéndose el labio y con una mano frotándose el coño a través del tanga.

Empecé mordiéndole los tobillos, pasando por sus gemelos, subiendo por el interior de sus muslos y pasé a hacer el mismo recorrido en la otra pierna.

- Date la vuelta, le dije.

Ella se giró en la cama y ahí es donde pude apreciar su perfecto culo redondo, respingón y duro. Con todo el tiempo que llevaba sin follar no sé cómo no le quité el tanga a tirones, le puse a cuatro patas y se la metí hasta correrme, era una delicia para la vista.
Me quité los bóxers y me puse sobre ella, colocando mi polla entre sus nalgas y rozándola mientras le besaba la espalda, los hombros, el cuello... Le daba pequeños mordiscos en el cuello que provocaban que ella moviera la cabeza como acto reflejo.
Aproveché para quitarle el sujetador por detrás, a lo que ella aprovechó para quitárselo por la cabeza y quedar así sólo con el tanga, ese tanga que le hacía el culo tan jodidamente perfecto y por el cual tenía que controlarme.
Mientras me apretaba a ella y no paraba de rozar mi polla despacio entre sus nalgas, me puse a besarle el cuello y me acerqué a sus labios para besarle desde atrás. En un movimiento fugaz ella se dio la vuelta, por lo que acabé yo encima de ella, entre sus piernas, comiéndonos la boca sin parar y esta vez con mi polla rozándose entre sus muslos.
Pasé a comerle el cuello, a hacerle gemir de la forma tan agresiva que se lo comía. Después baje a sus tetas, lamiéndole los pezones y mordisqueando por aquí y por allá, estrujándolas, acariciándolas, mordiéndolas...

Fui bajando más, dando tiernos besos según bajaba por su cuerpo, según bajaba por sus caderas con cuidado para no provocarle cosquillas, sólo placer. Seguí mi camino de besos lentamente, turnando mi vista de vez en cuando a sus ojos para comprobar que iba bien y para crear en ella la impaciencia de pensar cuando tendría mi cabeza entre sus piernas.
Le bajé el tanga poco a poco, como si no tuviera prisa por ver lo que escondía, cuando en realidad me estaba muriendo de ganas de comérmelo, de follármelo.
Empecé a lamer y morder el interior de sus muslos y ella no paraba de moverse al notar mi respiración sobre su coño, que estaba calado y listo para la guerra. Pasaba de un muslo a otro, lamiendo y mordiendo, ella al moverse de vez en cuando hacía que con mi nariz rozase su coño, a lo que soltaba un suave gemido. Estaba deseando notarme, estaba deseando sentirme totalmente.

Puse mi cabeza justo entre sus piernas y la miré, se estaba mordiendo el labio y me miraba con cara de "¡Hazlo ya!". Pasé mi lengua despacio entre los labios de su coño, mojándolo más aún, ella acompañó el movimiento de mi lengua con un gemido.
Me dejé de tonterías y con cada una de mis manos le agarré una de sus piernas para que no se moviera. Acto seguido me lancé a comerle el coño sin piedad, sin cosas lentas. Sus gemidos empezaron a subir de volumen mientras mi lengua jugaba con su clítoris, pero subieron aún más su nivel cuando le empecé a penetrar con dos dedos a toda velocidad mientras no paraba de comérselo y de mojarme toda la barbilla con ella.
Paré de comérselo y empecé a recorrer de nuevo su cuerpo con mi boca mientras subía a besarle, tuve que pasar mi mano por mi boca para secarme un poco, me había dejado calado. Mis labios encontraron los suyos, nuestras lenguas se gustaban, nuestros sabores se mezclaban y mi polla se estaba rozando en su coño, mojándose con él.

En un movimiento que no pude apreciar de su mano me agarró la polla y se la colocó, yo no paraba de moverla para rozarme y dio la casualidad que fue colocársela y yo metérsela sin darme cuenta, solté un gruñido de placer nada más noté su coño abrazando mi polla y me quedé ahí dentro un rato mientras nos besábamos.