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sábado, 27 de noviembre de 2010

El placer de patinar.

Había quedado dentro de media hora en el retiro, todavía no había comido y aún tenía que coger el metro. En el retiro me esperaba una amiga que hacia mucho tiempo que no veía y tenia ganas que la enseñara a patinar, le dije que como profesor era horrible pero ella insistió igualmente.
Conseguí enfundarme los pantalones del chándal, meter los patines en la mochila y comer en escasos diez minutos y ya me disponía a entrar al metro, dirección retiro.
Una vez allí me esperaba una chica muy maja que sonrió nada mas verme. Iba con un pantalón de chándal oscuro bastante ajustado y con una camiseta también bastante apretada, no dejaba mucho a la imaginación, lo que más la tapaba era el pelo, que le caía por los hombros y le llegaba a la altura de la cintura, también llevaba una mochila a la espalda, no hacia falta ser ningún genio para saber que ahí es donde guardaba los patines.
Una vez en el retiro le dije que nos sentásemos en las escaleras para ponernos los patines, a lo que ella se negó, me dijo que nos los pusiéramos ya en los bancos que hay cerca del lago, que no sabía patinar y no sabía si iba a poder llegar hasta allí. No sé qué se me pasó por la cabeza, venia a enseñarla a patinar y ya pretendía que subiese una cuesta, la pobre.
Fuimos hasta el lago de patos y nos sentamos en un banco, donde ella ya si se puso los patines y a duras penas consiguió ponerse de pie, yo me puse los míos y la ayude a ponerse recta. Le aconsejé que fuese al césped para que aprendiera a mantener el equilibrio y la verdad es que aprendía bastante rápido, en apenas media hora ya era capaz de moverse hacía delante, era la mejor en línea recta, palabras de ella.
Yo la agarraba por la cintura y la ayudaba a seguir hacía delante, corrigiéndole algunos movimientos y enseñándola a tomar una curva.
Pero de tantos roces y abrazos debía de surgir algo, en efecto, así fue. La agarré de las manos y me puse a patinar hacia atrás, para que ella tomara impulso hacia delante y mi chulería me costó cara, no sé que es lo que pasó, pero al cabo de pocos segundos yo estaba en el suelo y ella encima de mí, riéndose. Yo le agarre la cara con una mano y la besé, nuestras lenguas empezaron a jugar una con la otra y a entrelazarse, ella me mordía los labios y yo hacia lo mismo con ella, recorriendo cada pequeño espacio de su boca con mi lengua, sin que me dejara nada, al tiempo que chocaba con la suya y yo la abrazaba con la mía. Pasamos un buen rato así, sin pensar que cualquiera que nos viera debería de estar alucinando, viéndonos en el suelo dándonos el lote.
Me levanté y la ayudé a levantarse, la indiqué que fuésemos a un sitio donde no hubiese tanta gente, ella accedió pero dijo que mejor sin patines, brillante idea, pensé yo. Ambos guardamos los patines en sus respectivas mochilas y nos fuimos a buscar un sitio en el que estar solos.
Estuvimos andando un buen rato por el retiro hasta que vimos el sitio perfecto, estaba detrás de unos árboles. Fuimos hasta allí, tiramos las mochilas a los pies de un árbol y nos empezamos a comer la boca salvajemente, ella sacaba la suya de su lengua y yo se la lamía, hasta que de repente, se aleja de mí y se ríe, a lo que noto que me mira la entrepierna, bajo mi mirada y me doy cuenta que estaba empalmado, pongo morritos y la miro con cara de triste, ella se acerca y me sigue comiendo la boca, ahora sí, frotándose bien y haciendo que mi polla no parase de crecer más y más. Yo bajo mis manos de su cintura a su culo y se lo agarro bien fuerte con las dos manos, mientras paso de comerle la boca a comerle el cuello, ella baja sus manos de mi cuello y me agarra la polla bien fuerte a través del pantalón. Yo, para no ser menos, empiezo a frotarle el coño con mi mano derecha durante un rato, hasta que decido meterla por dentro de su pantalón y notar lo caliente que estaba.
Estaba súper mojada y yo súper cachondo, le empecé a meter dos dedos mientras ella no paraba de sobarme la polla con su mano. Le cogí la mano que me la estaba frotando y me la metí dentro del pantalón para que notase lo dura que la tenia, ella empezó a masturbármela al ritmo que yo le metía los dedos, hasta que decidí ir más rápido, le agarré el culo con la mano izquierda bien fuerte y la empujé hacía mí, y con la mano derecha la empecé a masturbar bien rápido, ella sacó la mano que tenia dentro de mi pantalón y me agarró del cuello. Estaba calada, mis dedos no paraban de entrar y salir de ella a toda velocidad, noté como se mordía el labio para no ponerse a chillar allí mismo de placer, cada vez se los metía más y más rápido..
La cogí en brazos y la tiré en un montón de hojas que teníamos a escasos metros. Yo me lancé encima suya y ella inmediatamente ya tenia rodeadas mis caderas con sus dos piernas, nos empezamos a comer la boca y a darnos mordiscos en los labios, estaba tan cachonda como yo. Le agarré la camiseta de tirantes con ambas manos y se la puse a la altura del cuello, le subí el sujetador y le empecé a lamer los pezones y a agarrarle las tetas bien fuerte con ambas manos. Se las agarré las dos con fuerza y las junté en el centro para poder lamerle los dos pezones a la vez. Ella ya empezaba a gemir, no podía evitarlo ni mordiéndose los labios, de pronto, me agarró la cabeza con ambas manos y la empujó contra su pecho, quería que le siguiese lamiendo las tetas y estrujándoselas y así hice.
Pude deslizar mi mano derecha de sus tetas, recorriendo su piel hasta llegar a su ombligo y algo más abajo, la metí por dentro del pantalón y le volví a meter dos dedos en el coño, esta vez, los dejé dentro, jugando con ellos y haciendo que se retorciese de placer. Me puse de rodillas encima suya y le baje el pantalón hasta la altura de las rodillas, y después el tanga.
Ahí estaba, estaba súper calada y lo tenia súper abierto, deseando que entrará en acción otra parte de mí, pero todavía faltaba para eso. Puse la cabeza entre mis piernas y le empecé a dar cortos lengüetazas, mientras de vez en cuando le mordía una ingle. Estaba súper cachondo, no sé como estaba aguantando tanto sin que mi polla entrara en acción.
La di la vuelta y la puse a lo perrito y le empecé a recorrer mi lengua por todo su coño, de arriba abajo y de abajo a arriba, como si fuese yo el perrito. Ella no paraba de gritar y yo quería más acción. Le volví a dar la vuelta y volví a poner mi boca entre sus piernas, le empecé a escribir el abecedario en el coño con la punta de mi lengua, hasta que llegué a la H, entre lo dura que la tenia y sus gritos, no era capaz de concentrarme, era tiempo de usar otras armas.
Me puse de rodillas y me baje los pantalones y los boxer, quedando al descubierto mi polla, me la agarré con la mano derecha y empecé a tocarle el coño con mi punta, como si estuviese llamando a mi puerta, ella no paraba de girar la cabeza de placer, se retorcía y a mí me la estaba poniendo dura a cada segundo que la veía disfrutar así. Con mi polla en la mano, le metí la punta y se la saqué, como si estuviese cavando un hoyo y mi polla fuera la pala y su coño la tierra, eso la volvió loca, lo hice un par de veces y ahora sí.
La agarre de las caderas y la traje hacia mí, ahora sí, se la metí hasta dentro haciendo fuerza con sus caderas y me lancé encima suya. Aún tenía las tetas fuera, mientras yo no paraba de envestirla y ella de agarrarme con fuerza de la espalda, empecé a comerle las tetas, lo que la volvió aún más loca.
En un momento de éxtasis, ella se me subió encima y me empezó a follar, su larga melena le tapaba las tetas, yo le agarré el peló y se lo puse en la espalda, ella no paraba de subir y bajar, al ritmo que gritaba, eran verdaderos cantos de sirena, jamás había oído algo tan placentero. Me abrazó y empezó a frotarse conmigo, mientras mi polla no paraba de entrar y salir de ella, pude escuchar que me decía al oído que quería que nos corriésemos juntos. Se volvió a incorporar, lo que aproveche para tirarla sobre las hojas y ponerla a lo perrito, me agarre la polla, le abrí bien los labios del coño, tocando de izquierda a derecha y se la metí amarrándola bien fuerte de las caderas, así una y otra vez hasta que nos corrimos.
Nos subimos los pantalones, ella se colocó la camiseta y nos tiramos uno al lado del otro en aquel montículo de hojas secas que tanto placer nos había dado hace unos segundos.

No nos volvimos a poner los patines ese día, pero a partir de entonces, jamás me negué a enseñar a patinar a ninguna chica.

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