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martes, 19 de abril de 2011

Herejía, escrito por Sal y Tequila

 Relato escrito por Sal y Tequila, espero que os guste.

La noche no prometía mucho. Allí estábamos los de siempre haciendo lo de todos los viernes. Lo que aun no sabía es que esa noche iba a ser inolvidable.
Empezamos a beber como cosacos en casa de un amigo. Llegamos a un punto en el cual las bebidas ya se desparramaban sobre la mesa. Allí estaba la prima de un amigo mío la cual me ponía súper cachondo pero le había prometido no tocarla. Después de tanta copa ya ni me acordaba de la promesa, por lo que fui directo a por ella. Creía que todo iba bien pero de repente desapareció sin decir nada. No le di demasiada importancia y di por supuesto que no le resultaba nada atractivo, así que fui por una cerveza.
Me la encontré por el pasillo, de habitación en habitación. Parecía que iba buscando algo. Le pregunté qué buscaba,  me respondió que nada y se fue rápidamente. Cogí la cerveza y volví con mis amigos. Hablaban de fútbol, así que me puse a hablar con la novia de uno de ellos. La cosa empezó a calentarse y decidí marcharme para que no fuese a más. Volví a salir al pasillo. La luz de una habitación estaba encendida, supuse que la prima de mi amigo estaría allí, pero preferí no entrar por su aparente negativa inicial. Creo que siempre he sabido cuando es mejor dejar de intentar algo, y desde luego esa chica no estaba dentro de mi alcance.
Salí al balcón a fumarme un cigarro y de paso despejarme un poco porque el alcohol empezaba a hacer mella en mí. Saqué mi paquete de tabaco, estaba fumando demasiado últimamente, pensé. Al terminarme el cigarro volví dentro. La situación me estaba empezando a agobiar. Me planteé salir de allí e ir a algún lugar donde encontrar otra chica que me prestase atención. Fui a coger la chaqueta y avisar a mis amigos de que me iba. Entonces fue cuando ella volvió de su búsqueda. “Oye, yo también me marcho”, dijo. Mi amigo me pidió que la acompañara para que no fuera sola. Evidentemente acepté. Aunque no pasara nada entre nosotros al menos tendría un rato entretenido mirando sus curvas.
Bajamos en un incómodo silencio por el ascensor. Mejor así, había bebido demasiado y no me quería hacer cargo de mis palabras. Cuando salimos del portal ella se puso rumbo a lo que yo creía que era su casa. Cuál sorpresa la mía cuando me llevó al pub más cercano. Empezamos a hablar, aunque en realidad yo no prestaba demasiada atención a lo que decía. No me toméis por maleducado, iba borracho. Y tenía buenas vistas. Era una pelirroja despampanante, de larga melena y con unas pecas que le daban aire inocente, lo cual me ponía mucho más cachondo. Me dispuse a pagar nuestras consumiciones pero ella me agarró de la mano y echó a correr hasta que llegamos a un parque. Me quedé mirándola y le pregunté por qué había hecho eso, a lo que respondió que le apetecía un poco de riesgo. Y yo que creía que era un chiquilla inocente…
La carrera había bajado notablemente la enajenación producida por la bebida y esta vez sí pudimos conversar. Nos sentamos sobre la hierba y empecé a usar toda mi artillería contra ella, me daba la impresión de que ella hacía lo mismo conmigo. Ella empezó a humedecerse los labios así que le eché morro y le pregunté si la ponía cachonda a lo que ella respondió: “¿Qué yo a ti no?”. Acababa de destruir mis esquemas sobre lo que pensaba de ella­, lo que me impulsó a pasar a la acción, pero llegué tarde: ella ya se había lanzado primero a mi boca.
Empezó a comerme la boca brutalmente, sabía asquerosamente bien. Aunque su ataque me había aturdido, respondí con naturalidad y rapidez. Me tenía atrapado entre sus piernas y volvía a la carga una y otra vez. Empezó a meterme mano, esta chica sabía lo que quería y no se andaba con chiquilladas. Yo, por mi parte, metí la mano en sus bragas y empecé a masturbarla. Por la manera en que se mordía el labio deduje que la estaba poniendo increíblemente cachonda.
Se nos estaba hiendo de las manos, así que decidí llevármela a mi casa, pero cuando me levanté dispuesto a que nos marchásemos ella me enseñó unas llaves y me dijo que la siguiese, que no hiciera preguntas. Así lo hice, estaba demasiado cachondo para llevarle la contraria. No tenía ni idea de a dónde nos dirigíamos, pero supuse por su cara que debía ser un buen lugar. Tampoco me importaba mucho mientras terminásemos lo empezado. Caminamos un par de calles y llegamos a una plaza. Entramos por una puertecita que tenía pinta de vieja. No tuve tiempo a examinar el lugar, ella se abalanzó de nuevo sobre mí y me arrancó la camiseta. Empezó a besarme el pecho y yo le quité el vestido de un tirón por arriba. Mientras seguía besando mi cuello y mis ojos se adaptaron a la oscuridad, me di cuenta de dónde estaba ¡Me había metido en una iglesia! Definitivamente esa chica no era lo que parecía.
Cuando vio mi cara de asombro me bajó los pantalones y lo que sigue y me la empezó a masturbar pasando su lengua por la punta. A esas alturas ya me daba igual dónde coño estuviera, sólo me importaba el cuerpo semidesnudo de aquella muchacha y la imagen de su lengua recorriendo mi pene. La puse de pie y le quité el sujetador descubriendo así sus pechos. Tenía el escote lleno de pecas y me lancé a besarlas una a una hasta llegar a sus pezones, que empecé a lamer siguiendo su forma. Si tenía que ir al infierno por lo que estaba haciendo pasaría por el paraíso antes con aquella chica. Continué bajando por su tripa con mi lengua al tiempo que bajaba sus bragas para dejar al descubierto su coño. Empecé a jugar con mi lengua por sus alrededores dando mordisquitos en los labios. Ella se empezó a retorcer un poco así que decidí conducirla hacia el altar y subirla en él. Se quedó allí tendida, boca arriba mientras yo le mordisqueaba desde la rodilla hasta las ingles, recorriendo su muslo interno lentamente hasta llegar de nuevo a su coño, que me dispuse a lamer.
Empecé a darle lengüetazos de arriba abajo, sin dejar un milímetro de él que mi lengua no conociese. Ella empezó a gritar y fue entonces cuando me puse de pie y se la empecé a meter muy despacio, para que la notara. La saqué también muy despacio y repetí la operación un par de veces. Luego la embestí con toda mi fuerza. Ella empezó a soltar gritos ahogados y a atraerme cada vez más hacia sí misma.
Fue en ese momento cuando la incorporé, la cogí en brazos y nos dimos la vuelta, quedando yo sentado sobre el altar y ella sobre mí. Me empujó tumbándome por completo y comenzó a follarme. Ella gritaba como una loca y yo estaba a punto. No podía correrme todavía, quería hacerle tocar el cielo, de modo que me la quité de encima y me puse de pie. Ella colocó un pie encima de la mesa y entonces se la volví a meter y empecé a follármela a un ritmo rapidísimo, hasta que me corrí.
Ambos estábamos satisfechos, aún así tampoco queríamos que la noche acabase, por lo que fuimos a mi casa y seguimos follando con azúcar glass, pero eso ya es otra historia.

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