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sábado, 18 de junio de 2011

Tercer finalista

· El placer del impulso, por S.



Abrí  la puerta de casa, como cualquier otro día tras llegar de esa rutina monótona que solemos llamar vida. Pero no iba a ser como cualquier día, porque tras recorrer esa casa, todo daría un giro de 360 grados. A esas horas, casi las 6 de la tarde, no solía estar ninguno de mis compañeros, por lo que apenas tardaba en atravesar la puerta que me llevaba a mi burbuja de abstracción del mundo, me desnudaba pausadamente, y me dirigía a darme una ducha que me despejara de todos los problemas. Avancé unos pasos, desabrochándome el pantalón de pinzas color camel que tanto me gustaba, y bajándome de aquella tortura de ocho centímetros que me destrozaban diariamente los pies. La mitad de mi ropa se perdió a lo largo del pasillo que conducía a las habitaciones y al baño. Pero tras llegar a la puerta de Víctor, oí un ruido, me pareció extraño en un principio, pensé y era martes, lo más normal sería que estuviera trabajando, aunque tampoco me preocupé mucho, rondó momentáneamente la idea por mi cabeza de que quizá estaba enfermo, por lo que mis nervios se aplacaron de golpe. Me dije a mi misma que luego me pasaría por su cuarto a preguntar, pero justo antes de atravesar la puerta que me llevaría al paraíso de la relajación de mano de esa ducha que mi cuerpo anhelaba, un grito ahogado me interrumpió, lo que hizo que me dirigiera hacia la puerta del cuarto de mi compañero. Llamé de manera inaudible, quizá por temor o por vergüenza a encontrar una situación que nos resultara incómoda a los dos. Abrí lentamente la puerta, y encontré un panorama sorprendente ante el que mis ojos se abrieron de manera desorbitada, casi saliéndose de sus cuencas. Víctor estaba bien, y tan bien a mi parecer, estaba despojado de toda su ropa, con una cara de placer que raras veces había visto en los hombres, y entre sus manos aquella máquina insaciable de las que todas las mujeres que habían pasado por su cama, hablaban maravillas. Había una caja de pañuelos sobre aquella colcha azul y blanca de rayas marineras, y además una especie de huevera, que me pareció un tanto rara al principio y que más tarde recordé haber visto una similar en un sexshop que había visitado algunas veces para encontrar algún que otro producto que saciara ese hambre sexual que me recorría muchas noches en la inmensa soledad de mi dormitorio. Por mi seguridad de ser descubierta ante tal panorama, me agaché, con cuidado de ser descubierta, y me situé ante la puerta de rodillas, preparada para lanzarme a la ducha si Víctor se daba cuenta de la situación. Supuse, e intuí que aquel grito había formado parte de una de sus corridas, pero nada más situarme en la puerta, volvió a comenzar a hacerse otra paja, por lo que yo con él, comencé a mojarme, ya eran 8 meses desde mi último revolcón y cada vez se hacía más presente, y menos soportable. Durante un segundo, quizá dos, me dije Eva, levántate y vete, pero tras esa idea, otra ocupó mi mente, la de que no haría daño ninguno con tal situación, por lo que me decanté por esta última. Me aparté el pelo de la cara, y comencé a acariciarme el pecho, cerrando los ojos y dejándome guiar por los suspiros que mi compañero profesaba, los cuales me estaban humedeciendo más y más sin consideración alguna. Volví a abrir los ojos, y mi mano se coló entre mis piernas, cada vez más abiertas, mi espalda estaba cada vez encharcándose más por el calor que me recorría hasta la punta de los dedos. Me deshice del sujetador de encaje negro, que quedó tendido en el suelo. Me toqué, me retoqué, y cuando estaba a punto de correrme, otra de mis maravillosas idea me atravesó, haciendo que en un impulso, cruzara la puerta de Víctor, y él se quedara tan boquiabierto como lo hice yo tras ver lo que había hecho, mis ojos escudriñaron cada poro de su piel desnuda, y él trató de hacerse con algo para taparse, y no hacer más incómoda la situación en la que nos encontrábamos, pero no le dejé. Me negué a hacerlo, y eso fue lo que más le sorprendió, igual que me sorprendió a mí el impulso que me daba el deseo por el que ardía. Liberé a su polla de aquel instrumento tan placentero para él, y mis rodillas se doblaron, llegando al suelo, y  sin darle tiempo a reaccionar, me la introduje en la boca, sin dudarlo. Comencé a saborearla poco a poco, disfrutando yo más de aquella mamada de lo que él lo estaba haciendo, cada lametón se convertía en más intenso que el anterior. Víctor me miraba, y en más de una ocasión me interrumpió, me apartó quitándome de la boca ese dulce, y la ira me inundó, como a un niño al cuál quitan una piruleta o un globo. Le recriminé y le dije que si no le gustaba, a lo que él me respondió con un sí tímido. “¿Entonces?” le pregunté en un tono que ahora cambiaría si tuviera oportunidad. Víctor me miró, esta vez a los ojos, y entonces lo vi, lo había deseado hacía mucho tiempo. Me levanté, apoyé mis manos en sus piernas, y le susurré al oído mientras mis pechos se rozaban con sus clavículas, “Ahora es tu momento, disfrútalo”. Incluso yo me sorprendía cada vez que mis labios soltaban palabras que ni era capaz de asimilar mi cabeza, tras ser escupidas. De repente, fueron sus manos las que llevaban magnetismo hacia mi cuerpo, me liberó del tanga, sin dejar de besar mi cuello, y llenándome de cosquillas que yo intentaba frenar sin mucho éxito. Sus manos bajaron, y empezó a acariciarme los muslos, mientras mi coño chorreaba por doquier. Tras besos y caricias, sus dedos iniciaron un aliviante toqueteo en mi clítoris, el cual me llevó a casi volver a correrme. Pero Víctor frenó, él no quería eso, quería que aguantara y fuera aún mejor. Entre todo esto, yo no paraba de jadear y suplicarle más, tras esperar unos instantes, volvió a su dedicada tarea, que pasó a introducir dos de sus dedos de un golpe en un agujero resbaladizo y ardiente como era mi coño en aquel momento. Tras uno o dos minutos, le supliqué que me follara, que quería sentirla dentro de una vez, y le corregí en que dos dedos no iban a calmar el volcán en el que se había convertido mi cuerpo. Así que, él se levantó, y se acercó a la mesilla que estaba al lado de la cama en la que yo le esperaba con las piernas abiertas, rebuscó entre un par de libros y sacó un condón. Mis ganas eran tan fuertes, que no era ni capaz de esperar unos segundos a que acabara de ponérselo, por lo que me abalancé a ayudarle. Se apoyó casi en mí, rozándola contra mi sexo, y susurrándome con voz entrecortada si estaba lista, un sí salió de mi boca, el más seguro de toda mi vida hasta ese momento. Y sin más dilación me la clavó, y la mantuvo dentro unos instantes mirándome a los ojos, mientras mis manos se estrechaban alrededor de su cuello. Víctor comenzó un lento mete-saca que me estaba volviendo loca, y progresivamente aumentó el  ritmo, hasta que sus huevos me golpeaban y yo no era consciente de mis gritos y jadeos. Tras un rato así y ya habiendo tenido un orgasmo, le dije que le tocaba descansar, con una sonrisa pícara en mi semblante, y me subí y me metí todo lo que entraba de su sexo. Comencé a subir y bajar, mientras mis gritos y sus suspiros se entremezclaban en el ambiente. Cambiamos numerosas veces de posición, le arañé la espalda, y hasta le mordí el labio inferior haciéndole sangrar mínimamente. Nuestras caras de placer se fundieron en un orgasmo compartido, habíamos llegado al clímax juntos. Tras esto, me levanté, y me dirigí a la ducha que en un principio quise tomar, convirtiéndose en una de las más memorables, sólo por saborear tu compañía.

4 comentarios:

  1. podías haber contado como fuiste a hacer la compra y yo me hubiese quedado igual. no es que esté mal la historia, pero a mi personalmente no me ha puesto nada

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  2. pues haz tu una, esta bastante bien.

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  3. Es un relato de algo no muy corriente, tiene el morbo necesario para destacar, lo elegí por eso.

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  4. si giras algo 360° seguirá en la misma posición que al comienzo -.-

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