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lunes, 20 de junio de 2011

Quinto finalista

Celos.


Música. Baile. Humo. Risas. En resumen, fiesta. Una noche más como cualquier otra, te pones mona, te pintas, te echas tu mejor perfume, te depilas al completo (por si acaso, nunca sabes cómo puede acabar la noche, aunque realmente sepas que luego acabarás durmiendo en tu casa tranquilamente porque no has encontrado nadie decente con quién trasnochar, pero tú te depilas, por si acaso).
Total, una noche más.
Una discoteca igual que cualquier otra, misma música, misma gente, mismo ambiente. Un par de copas y a bailar, comienza la diversión.
Pero de repente algo me pone en tensión y  miro a mi alrededor y busco, busco esa mirada que me llama desde la otra punta, de las que tú sabes que están ahí, no sabes cómo pero lo sabes. Le veo y todo mi cuerpo se agita ante esa mirada azul que me atraviesa.
Mucho tiempo sin encontrarnos. Y yo tenía ganas de jugar, tenía ganas de guerra. Cogí a un conocido del grupo en el que iba y me puse a bailar con él, era lo suficientemente atractivo como para crear llama pero no para provocar fuego, es decir, crear celos pero sin que hubiera competencia posible y además él lo sabría, siempre calculaba esas cosas y yo era muy consciente de ello. Pensaba usarlo a mi favor.
Me empecé a restregar  y a rozar al ritmo de la música, que me viera moverme, que se muriera de ganas por tenerme. Y así, mientras mi recién compañero de baile situaba sus manos en mis caderas y se acoplaba a mis movimientos, yo le miraba, le retaba y él no podía apartar su mirada de nosotros. Cuando mi nueva conquista empezó a deslizar sus manos por mi cuerpo, muy lentamente desde las caderas, pasando por la cintura hasta justo debajo de mi pecho, justito, y de vuelta a mis caderas, bajando lentamente hasta situarse en mi culo… No pudo soportarlo más, cruzó  desde la otra punta de la discoteca con la vista fija en su presa, su objetivo. Le ví venir pero no me dió tiempo a reaccionar, bueno miento, realmente sí, pero me excitaba demasiado la situación como para pararla en ese momento. Se nos echó encima, me apartó a un lado y a él le cogió del cuello y lo acorraló contra la pared.
Imaginaros a 1,90 de hombre moreno, con musculatura definida, espalda suficiente para agarrarte y no soltarte,  y brazos  para hacer contigo lo que quisiera, sumado a una mirada azul penetrante que no necesita  palabras para conquistarte.
Aquella imagen tan excitante hizo que me hirviera la sangre y tuve que actuar. Le coloqué  una mano en el brazo que apresaba a mi víctima casual y le miré. Le soltó inmediatamente y cogió la mano que yo le tendía, le arrastré hasta un lugar apartado y le acorralé contra la pared. Situé mi boca a escasos centímetros de la suya y esperé, veía los hilos de emociones y pensamientos que pasaban por sus ojos, le conocía demasiado bien, no tardaría en caer. Efectivamente dos segundos más tarde me comía la boca con ferocidad, me mordía y me apretaba contra él, como queriéndome dejar claro que yo era suya y de nadie más.
Me dio la vuelta y me arrinconó contra la pared esta vez a mí, empezó a rozarse conmigo, a frotarse contra mi entrepierna al son de la música, para que lo notase. Siempre me gustó bailar con él, es de estos hombres que desprenden sexualidad con cada movimiento, con cada baile, me poseía, me hipnotizaba, me guiaba… Pero ¿qué estaba haciendo? ¡Me estaba dejando llevar por él otra vez! No podía ser, esta vez no iba a ganar, tenía ganas de guerra y quería que se diera cuenta de mi nuevo ser, esta vez no iba a poder conmigo. Me lo quité de encima de un empujón y lo guié a los baños de mujer (en territorio conocido siempre se controla mejor). Le metí en una cabina, eché el pestillo y me giré. Acto seguido me lancé a su cuello, mientras le sacaba el cinturón y los pantalones con las manos, dejándole desnudo de cintura para abajo. Él no sabía muy bien qué hacer, estaba descolocado ante mi nueva actitud asi que se dejó hacer, chico listo. Le senté y me coloqué encima suyo, me empecé a restregar, a frotar, que notara lo caliente que estaba, mi lengua jugaba en su boca, le devoraba, le enrroscaba mientras le agarraba el pelo por la nuca atrayéndolo hacia mí, le masturbaba con la otra, le estaba volviendo loco y lo sabía. Me quité de encima, me arrodillé y le miré. Se la agarré con una mano y empecé a dar lametazos mientras se la seguía masturbando, me retiré el pelo de la cara y le miré, se estaba muriendo de placer y estaba haciendo grandes esfuerzos para no levantarme y empotrarme contra la pared, pero él sabía que esta vez tenía que dejarme hacer. Seguí comiéndosela lenta y profundamente como le gustaba a él, hasta que consideré que ya le había torturado bastante y para que nos vamos a engañar, yo quería más. Me levanté y eso fue como la señal que él necesitaba, no me dió tiempo a reaccionar, me cogió por la cintura y me empotró contra la pared, me sacó el vestido en un abrir y cerrar de ojos y me empezó a comer. Primero el cuello lentamente, respirándome en la oreja poniéndome la piel de gallina, mordiéndome desde el inicio de la mandíbula hasta la barbilla, mientras se frotaba contra mi entrepierna haciéndome notar lo caliente qué estaba. Bajó a mi pecho y me lo empezó a besar,  a lamer y a morder, estaba perdida, me estaba ganando la partida y lo sabía. Metió una mano por mi culotte y me introdujo dos dedos mientras literalmente me subía hacia arriba contra la pared. Yo no podía para de jadear, de agarrarle el pelo y apretarme fuerte contra él, a estas alturas me daba igual quién llevase las riendas, quería tenerlo dentro de mí y lo quería ya. Pero él no estaba por la labor, quería hacerme sufrir un poco más y fue bajando hasta mi entrepierna mientras me sacaba el culotte. Con una mano me sujetaba contra la pared para que no escapara, maldición me conocía demasiado bien, con la otra me masturbaba más y más profundamente mientras me lamía y comía con ferocidad. Llegados a este punto, mi rebeldía natural hizo presencia en mí, le cogí de la cabeza, le subí, le miré y le casi ordené:
  • Éntrame de una maldita vez.

Me sonrió y me complació. Me cogió y yo me subí a su cintura, me apretó contra la pared y me penetró de una vez, profundamente. El placer que me recorrió el cuerpo al volver a sentirle dentro de mí otra vez no tiene nombre, es como si todo estuviera en su sitio, un engranaje hecho a la perfección. Me siguió penetrando una y otra vez despacio, quería que notara lo grande que la tenía, recordarme cuánto me gustaba y cuánto la echaba de menos. Mientras yo me aferraba a su cintura, le arañaba la espalda y le comía la boca. Después siguió entrándome más y más fuerte, con rabia, como haciéndome notar que era suya. Mi orgullo dijo hasta aquí y tomé el control de la situación. Me lo saqué de encima, le senté y me coloqué encima, me la metí sin miramientos, sin tardanzas, quería que nos corriéramos ya. Empecé a frotarme contra él, luego a botar sobre él mientras me ayudaba con los movimientos sujetándome por la cintura. Me pegué a él y le susurré al oído “Voy a correrme, no pares”. Fue decirle eso y en escasos segundos nos corríamos los dos. Me quedé pegada a él y él dentro de mí, alargando lo máximo posible el momento. Le miré, me miró y nos besamos, me abrazó fuerte y me levanté. Nos vestimos en dos segundos y salimos. Mientras me arreglaba un poco el pelo y el maquillaje, por consecuencias de la reciente actividad, él salió del baño y se perdió entre el gentío.
¿En serio? ¿De verdad? La rabia comenzó a crecer dentro de mí, cuando salí y le ví en su grupo de amigos tonteando con otra. Me la estaba devolviendo y no se lo iba a permitir. Fui directa hacia la parejita y me metí en medio,  me miró:
  • ¿Qué se supone que estás haciendo? Me dijo él.
  • Perdona, ¿y tú quién eres? Me dijo ella con voz de subidita.
  • Es mío, no tienes nada que hacer, piérdete – Le susurré al oído lo suficientemente alto como para que él pudiera oírlo.

Ella le miró y como vió que él no tenía nada que objetar a lo que yo había dicho, se piró. Buena decisión. Me giré y le miré, me encontré con esos ojos que ahora mismo me evaluaban y me retaban. No iba a permitir que él pudiera demostrarme que era suya y no dejarle claro que él era mío, aunque él aún no lo supiera.
Le cogí de la mano y le saqué de allí.
Fue una noche de pasión, ternura, amor, rabia, orgullo. Todas las emociones que podáis imaginar acumuladas en una relación durante bastante tiempo las vivimos aquella noche, todas.

4 comentarios:

  1. 1. No me gusta la manera en que separa por párrafos el relato.
    2. No me gusta el bombo de celos que le da, demasiado para mi gusto.
    3. Demasiada idealización del individuo.

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  2. Cómo adoráis criticar, madre mía. A mí me ha puesto enormemente.

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  3. Con respecto a la separación de los párrafos te diré que la culpa es mía, lo subí sin ver el resultado, no me fijé en que se leía mal.
    Ya está solucionado.

    A partir de mañana pondré la encuesta para decidir el relato ganador.

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  4. me empecé a restregar... lo mejor es el título, aunque yo lo hubiese titulado perros en celo o algo más acorde

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